“La capacidad de un individuo para superar el
estado de depresión depende de su
capacidad para haber establecido
un objeto interno bueno”
Melanie Klein (1940)
El término «depresión» habita hoy una paradoja: es un concepto tan omnipresente como impreciso. Se ha diluido en el lenguaje cotidiano para nombrar casi cualquier malestar anímico, convirtiéndose en lo que muchos teóricos consideran una verdadera «epidemia de la posmodernidad». Históricamente, la psiquiatría y el psicoanálisis ortodoxo se resistieron a la idea de la depresión infantil. Se argumentaba que el niño carecía de la estructura intrapsíquica necesaria —específicamente un Superyó consolidado— para experimentar la culpa y la agresión vuelta hacia el Yo que caracteriza a este cuadro. Sin embargo, la clínica nos ha enseñado que la infancia no es un territorio libre de conflictos; los niños también padecen angustia, sentimientos de vacío e insatisfacción.
Para Karl Abraham (1924), pionero en el estudio de estos estados, la depresión surge cuando el niño renuncia a la satisfacción de sus tendencias libidinales, lo que deriva en una sensación de «no ser amado» y, consecuentemente, en una herida narcisista profunda. En sus palabras: “El prototipo de la depresión es la reacción ante una pérdida o frustración narcisista” (p. 68).
Por su parte, Melanie Klein revolucionó esta visión al proponer la «Posición Depresiva» como un hito normal del desarrollo. En esta etapa, el niño reconoce a la madre como un objeto total, lo que despierta el temor de haberla dañado con sus propios impulsos agresivos. La elaboración de este conflicto es la base de la salud mental; de lo contrario, se sientan las bases para desórdenes neuróticos. Cuando el niño no puede percibir la «bondad» del objeto frente a la separación, queda a merced de su propia destructividad, proyectando una imagen del mundo y de sí mismo devastada.
A diferencia del adulto, el niño suele carecer de las herramientas simbólicas para poner palabras a su dolor. Por ello, la depresión infantil, se dice, es «enmascarada». Como señala Jean-Claude Arfouilloux en su análisis sobre el aburrimiento infantil, el niño se aburre de «algo o alguien ausente», reflejando una experiencia de vacío que no puede nombrar. Esta sintomatología puede manifestarse en dos polos: la inhibición y el desamparo —niños ralentizados, con dificultades escolares, pérdida del interés por el juego y accidentes frecuentes— o las defensas maníacas, donde Klein describe cómo el niño reacciona con una alegría desproporcionada u omnipotencia para negar una realidad psíquica que lo desborda.
A estas perspectivas es vital añadir la visión de Donald Winnicott (1958), quien sostenía que para que un niño pueda transitar el dolor de la pérdida, necesita haber contado con un «ambiente lo suficientemente bueno». Para este autor, la depresión infantil a veces no es solo patología, sino un intento de la psique por proteger un espacio interno de la intrusión externa; es un repliegue necesario para procesar la experiencia. Siguiendo a S. Freud en Duelo y Melancolía, la tristeza es la respuesta natural a la pérdida de un objeto, mientras que la angustia es la señal de peligro ante su posible ausencia. La pérdida es, de hecho, inherente al crecimiento: para lograr la individualidad, el niño debe «perder» la simbiosis con el objeto para recrearlo internamente.
Lo decisivo no es solo el evento traumático externo, sino la capacidad de la mente para procesarlo. Lo que se pierde afuera importa, pero lo que se pierde en la realidad psíquica es lo que define el estado depresivo. Es difícil aceptar que un niño pueda estar deprimido porque idealizamos la infancia como una etapa de magia constante. Sin embargo, ignorar su dolor es dejarlo a merced de su propia agresión.
Como padres y especialistas, nuestra labor es observar más allá de la conducta superficial. El niño no siempre dice «estoy triste», sino que lo actúa a través de la irritabilidad, el aislamiento o la queja somática. Debemos ayudarles a tramitar sus emociones y traducir ese «dolor indecible» en palabras, validando su derecho a la tristeza sin juzgarla. Estar atentos a la apatía, al aburrimiento crónico o al desgano es el primer paso para ofrecer el sostén que el niño necesita para reconstruir su mundo interno. La intervención temprana no busca eliminar el conflicto, sino proporcionar al niño las herramientas psíquicas para que la pérdida no se convierta en devastación, sino en una oportunidad de crecimiento y su subjetivación.
Referencias bibliográficas
Abraham, K. (1924). Un breve estudio de la evolución de la libido, considerada a la luz de los trastornos mentales. Hormé.
Arfouilloux, J. C. (1992). La entrevista con el niño: El enfoque psicodinámico. Fondo de Cultura Económica.
Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. Amorrortu Editores.
Klein, M. (1940). El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos. Paidós.
Winnicott, D. W. (1958). Escritos de pediatría y psicoanálisis. Paidós.
