La formación de un psicoterapeuta no comienza en el diván ni en los libros de teoría, sino en la capacidad de sostener la mirada ante el nacimiento de la vida psíquica. En 1948, Esther Bick revolucionó la formación clínica en La Clínica Tavistock al introducir un método sistemático de observación de bebés por solicitud de John Bowlby. Se trataba de un momento histórico importante: plena posguerra que hacía necesario un cambio en la psicología infantil y entender la manera en la que se forman los vínculos sanos. Estaba influenciada por las teorías de Melanie Klein y entendió que para que un terapeuta pudiera comprender las ansiedades más profundas de un adulto, primero debía ser testigo de cómo esas ansiedades se manifiestan y se contienen en el inicio de la vida.
Desde entonces, esta práctica se ha consolidado como el pilar fundamental de los estudios de psicoterapia en el Reino Unido y en muchas otras instituciones prestigiadas esta experiencia se considera imprescindible en su programa. No se trata de un simple ejercicio académico, sino de una inmersión en la intersubjetividad. Se trata de una vivencia real y profundamente humana que deberá transformar lo que antes eran conceptos en una comprensión interna del otro.
El legado de Bick en la formación como analistas es aprender a ver lo invisible. Se trata de un gran desafío y a la vez, la mayor riqueza, pues entrena el ojo clínico para percibir de manera sensible aquello que para el común de las personas pudiera ser un gesto trivial.
En nuestro trabajo cotidiano podemos ver que el sufrimiento de nuestros pacientes con frecuencia reside en una zona “muda” del psiquismo y se relaciona con momentos iniciales de la vida. Son heridas que ocurrieron antes de que se tuvieran palabras para nombrarlas y se manifiestan solo a través del clima emocional. Al observar a un bebé en su entorno natural durante sus primeros dos años, el psicoterapeuta desarrolla una sensibilidad excepcional para decodificar el universo no verbal y, en su práctica clínica, será capaz de comprenderlo junto a lo paraverbal. Aprenderá a leer no solo en la postura, el tono muscular y el gesto, sino también en el ritmo de un suspiro, el tono en su voz y la cualidad de un silencio, reconociendo que en estos matices reside una comunicación auténtica de ansiedades arcaicas.
Bick observó cómo el contacto y la atención de la madre actúan como una envoltura que mantiene unido el yo del bebé. El observador aprende a «ver» cómo se construye esta frontera emocional, concepto vital para tratar pacientes con fallas en la integración del self que recurren a defensas primitivas ante la amenaza de desintegración.
El observador también obtiene una enorme capacidad para captar lo que sucede en el ‘espacio entre’ la madre y su bebé, lugar donde se gestan los patrones de apego y las primeras formas de pensamiento, situación que en la clínica se traducirá en la capacidad de intuir el campo transferencial, permitiéndole identificar los sutiles cambios emocionales que el paciente recrea en la sesión.
El verdadero nacimiento del psicoterapeuta ocurren en el desarrollo de la capacidad de estar presente, en principio de una manera que no busca intervenir sino sostener. En este método se inicia el clínico porque le demanda desarrollar la función continente. A diferencia de otras prácticas, el observador no aconseja, no evalúa y no interviene; su función es “estar ahí”, recibiendo y procesando las ansiedades de la diada sin dejarse desbordar por ellas. Es un entrenamiento en la habilidad de tolerar la incertidumbre y el no saber, es el lugar en donde como terapeutas aprendemos a metabolizar las emociones más tempranas del ser humano, preparándose para ejercer la función de rêverie y ayudar al otro a tejer su propia piel psíquica.
En la actualidad, la relevancia de este método es mayor que nunca. Como terapuetas nos enfrentamos a un mundo saturado de diagnósticos rápidos e intervenciones superficiales y en mi propia formación puedo darme cuenta de que la observación de bebés nos devuelve a la esencia del vínculo humano.
Como señaló Martha Harris (1983) en un sentido homenaje póstumo a Bick: “Ella poseía esa rara cualidad de los grandes maestros: la capacidad de esperar en silencio hasta que el objeto observado comenzara a hablar por sí mismo” (p. 101). Esa es la esencia de nuestro trabajo. La observación de bebés es pues, en definitiva, el lugar donde nace el clínico y debiera ser el cimiento de la clínica de nuestros tiempos. Nos enseña a escuchar no con el oído, sino con la mente y las emociones, revelando la sinfonía silenciosa de la vida emocional en su primer despertar.
Bick, E. (1964). Notas sobre la observación de lactantes en la enseñanza del psicoanálisis. Revista de Psicoanálisis, 23 (1), 1966.
Bick, E. (1970) La experiencia de la piel en las relaciones de objeto tempranas. Revista de Psicoanálisis,27(1), 111-127. Asociación Psicoanalítica Argentina
Harris, M. (1983) Esther Bick (1901-1983). Journal of Child Psychoterapy, 9(2), 101-102.
Miller, L., Rustin, M., Rustin, M., & Shuttleworth, J. (Eds.). (1989). Closely Observed Infants. Karnac Books.
